agosto 13, 2008

¿SE NOS PERDIÓ LA BELLEZA?

No hay duda, la belleza se nos perdió en medio del afán por lograr parecernos al estereotipo, a ese modelo de hombre o mujer perfectos que aparece cada segundo en la televisión o en las revistas. Casi uniformados, amarrados a metros que marcan medidas perfectas, confinados en las incómodas cámaras de bronceado, y ensordecidos por el sonido de las máquinas en el gimnasio, perdimos de vista la belleza, la de verdad, esa que cada uno capta sin influencia excesiva de un designio o de un mandato poco democrático.

Al parecer, la reemplazamos por el amor a un uniforme de piel bronceada y tonificada que compramos con sacrificio, sudor y dinero, y que intenta homogeneizarnos para aplacar la delicia que supone la diferencia.

Hacernos iguales por dentro y por fuera parece la consigna, todo para convertirnos en seres menos contestatarios y para invitarnos a la competencia descarnada, pues cuando todos somos iguales no hay espacio para más, sólo para competir. Muere el complemento, y muere la convivencia tranquila; muere la admiración por lo distinto, pues nos ocupa el tiempo la comparación constante con respecto a una meta común casi vacía: ser iguales a un canon de perfección.

No intento manifestar aversión por los gimnasios, los metros, las básculas, ni las cámaras de bronceado; de hecho hacen parte cotidiana de mi vida, y me generan satisfacciones sucesivas: algunas referidas a la autocomplacencia y al buen funcionamiento de esta humanidad compuesta por músculos y sangre que hasta hoy, funciona generosamente bien. Y otra satisfacción –más bien envenenada-, que tiene como objeto agradar al resto del mundo y conseguirme un boleto de aceptación en el grupo de los que responden, buscan, o se acercan al estereotipo.

Esta última a veces me ha llegado a enceguecer y ha contaminado progresivamente mi criterio de selección a la hora del cortejo, limitando mis ojos a escanear carnes y tonos. Pero en este proceso de adicción también hay momentos en los que la cabeza se mueve, y hoy precisamente desperté preguntándome si en el afán por conocer a otro igual a todos, se me perdió de vista la belleza, ese rasgo único que cada uno de nosotros esconde y tiene, eso que las enciclopedias definen como “una cualidad presente en una persona que produce un placer intenso a la mente, y que proviene de manifestaciones sensoriales, podría definirse como el esplendor de la forma a través de la materia”.

Sí, eso se me perdió por un instante, se me escapó por desatención, decidió irse porque lo ignoré demasiado: la capacidad para sorprender, la manera de hablar, tu quehacer, la cara que haces cuando duermes, eso que te gusta, lo que amas hacer, la manera cómo mueves las manos… esos descubrimientos se pierden de vista cuando nos fijamos más en el uniforme de belleza de molde y procuramos una relación en la que el otro figura como un elemento de prestigio con reconocimiento popular –porque pertenece al estereotipo-, y terminamos enamorándonos de eso hasta olvidar enamorarnos de lo que esta debajo de la piel.

Pero esto ya lo han dicho muchos, e incluso figuraría para otros como un discurso algo patético o como el descubrimiento del agua tibia. Sin embargo, va un poco más allá, no para convertirse en la gran teoría del amor, sino para responder un cuestionamiento que nos hacemos a menudo: ¿por qué no duran las relaciones?

La respuesta supone muchos ítems, pero creo que esta belleza exigente y repetida que hoy nos tiene hartos, parece tener algo de responsabilidad: nos estamos enamorando con los ojos, y estos ojos ven mucha televisión y mucha revista reproductora de realidades aspiracionales en términos de belleza.

En sus manos se pierde el enamoramiento, pues hay miles de cuerpos iguales por ahí circulando, y al cruce de otro con unos centímetros de más en volumen, y marcaciones más precisas, los ojos se van y se empalagan hasta abandonar al anterior, porque el nuevo se acerca más a la perfección.

No hay duda, tanta dedicación exclusiva a decorarnos por fuera, casi hasta encandelillar con tanta belleza en soledad, parece generar un efecto corto, mientras la estupidez que nos corroe por dentro será mucha y muy fértil.

Tampoco se trata de salir corriendo de los centros deportivos o dejar de salir a la ciclovía, pues es tan exagerado el que se dedica -sin más objetivos- a hipertrofiar su cuerpo en el gimnasio como aquel que lo descuida por completo. Más bien, se trata de pensar que el cuerpo y la cara -esas formas inmediatas que nos permiten ser identificables- siguen siendo importantes, pero no pueden ser anzuelo o carnada que engaña a quien se acerca esperando encontrar algo más que un primer zarpazo. Sólo si lo entendemos así podremos llegar a leer a los otros de manera más rigurosa y descubrir lo que hay detrás de tanta masa en perfecta proporción.

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