marzo 06, 2011

¿ USTED ES DE LOS QUE ENTRA A LAS RELACIONES CON HAMBRE ?

Buscar la felicidad en otro, es el camino directo a la adicción a una persona. Un apego desmedido que se traduce en esa necesidad imperiosa de tenerla cerca, esos celos enfermos, y esa creencia que apunta a considerar que si él no está el mundo se desvanece.

Hemos confundido el amor de pareja, con la urgencia de llenar huecos que ya traemos en el corazón, desde mucho antes de sentir deseo sexual o atracción física por otro. Y si bien es cierto que todos tenemos vacíos afectivos, también es cierto que no es prudente rellenarlos con un novio o marido, que con el paso del tiempo, no será capaz de responder a tal fin, pues el encarguito de hacer feliz a otro, resulta una tarea titánica e imposible de cumplir.

Sin embargo, andamos de un lado para otro, buscando a alguien que nos haga felices, que nos ame incondicionalmente. Y con la ansiedad que esto supone, vamos de la discoteca al gimnasio, del gimnasio a la calle, y de la calle al trabajo, con los ojos hambrientos, en busca de ese alguien que por fin nos amará como esperamos, todo con el fin de alcanzar la felicidad completa.

Y son tantas las ganas de alcanzar tal fin, que sólo con en el primer bocado, ya somos adictos a “un sabor superficial” que se identifica en un par de horas, o para ser más exactos, que se descubre luego de un beso o de una encamada que desborda pasión, y que se confunde con la empatía real, pues en ese estado alterado de conciencia llamado enamoramiento, es poco probable que la cabeza y el corazón miren y sientan con sus cinco sentidos; simplemente tragan grandes bocados del otro, como cuando un niño se ataruga con un pedazo de bizcocho, en medio de la gula.

Y es así, entramos a las relaciones con hambres voraces, y nos atrancamos consumiendo al otro, porque tantas ganas guardadas, y tantos deseos de recibir amor, nos impiden saborearlo despacito en medio de la sobriedad. Más bien optamos por emborracharnos en medio de una buena manoseada en el sofá de un bar con pocos clientes, o un polvito rápido en el baño de un bar clandestino abierto luego de las tres de la mañana.

Luego de estos eventos fugaces, que suelen estar acompañados por sueños que construimos en la cabeza, o planes a largo plazo con el recién conocido, las historias de amor se deshacen como sucede con el papel ecológico cuando se pone en contacto con el agua… ¡Rapidito!

El tipo no vuelve a llamar, no contesta los mensajes de texto, y el nivel de excitación de quien se metió en la película, va bajando a medida que aumenta la frecuencia de preguntas como: “pero si la pasamos delicioso en el baño de aquel lugar, ¿cómo es que no me llama?”

Es muy probable que el fulano desaparecido no tuviera tanto afán, y que a pesar de ser protagonista de una acelerada desabrochada de camisa y pantalón, no andaba en la búsqueda imperiosa del amor, y mucho menos consideraba que ese hollywoodense encuentro fuera el primer paso hacia la completud de su felicidad.

En otras ocasiones, las relaciones parecen avanzar, pero el delicioso sabor percibido en los primeros mordiscos al fulano varían, y con el paso de los días el bizcocho que la primera vez nos encantó, ya no nos parece tan rico; o incluso, empezamos a saturarnos con él, pues al morderlo más despacito, descubrimos un relleno que no soportamos, y optamos por salir corriendo del lugar con la boca y las manos untadas de una crema que ya no queremos.

Devoramos tan rápido al otro, que lo pasamos entero, sólo seducidos por la forma y el primer bocado.

Pero cuando entramos a las relaciones de manera más sosegada, cuando el hambre no es el motor del acercamiento al otro, sino que vamos más completos, con una sensación de felicidad propia que no depende del primer levante, es más probable que no nos hagamos adictos, sino que más bien, compartamos los sabores de la vida en dúo. Así se come más rico: despacito y masticando.

Otra persona puede ser cómplice de la felicidad ya probada, pero no es justo poner en manos de él o ella, eso que a solas no hemos podido encontrar: la alegría de estar vivos. Así que antes de salir a una cita, vale la pena alimentarse bien, o por lo menos, estar en proceso de ello. No sólo comer algo grasoso para no emborracharse tan rápido con un par de tragos, sino poner en el corazón, la cabeza y el espíritu algo de equipaje propio.

Sólo así evitaremos caer en el engaño más doloroso: creer que el otro está para saciar mi hambre de parranda, afecto, pensamientos y, lo peor, asumir que ha llegado para darle sentido a mi vida.

3 comentarios:

N dijo...

Es genial q alguien cuente q no es un santo!!!

Anónimo dijo...

Con relacion a su punto de vista solo tengo una inquietud o mas bien duda hacia usted, ¿Será que nuestro medio no es mas complejo el conseguir una pareja, ya sea por miedo a salir del closet, el segundo tipo por ser muy superficiales, el tercero por ¡ser muy complejos!(Hipersexualidad), cuarto idealista entre otros?,¿No será que cada vez que vemos un pedacito de queso, que rara vez conseguimos se vuelve irresistible y por ende nubla nuestra visión?
Gracias

Anónimo dijo...

suele suceder y seguido... me paso y aunque me duela ahora, debo ser eficiente en mi manera de seguir... el man es bi, me lo dijo desde el comienzo, nos gustamos mucho y comenzamos a "salir", al parecer la palabra compromiso nunca se nombro y yo lo acepte como tal, asi que salimos por dos meses, en los cuales nos vimos como 8 o 9 veces de las cuales tiramos como 6... el sexo no fue ufff lo mejor de mi vida, pero el me gustaba y su compañía y como se comportaba conmigo me hizo sentirme "lleno", jeje que iluso... el tipo un dia solo desaparecio, luego llamo para decir que el no queria compromisos ni nada por el estilo y que sentia que yo solo queria eso... reconozco que presione algunas veces un encuentro pero nada del otro mundo... en fin... el tipo solo dijo: yo quiero tener a alguien para cuando yo tenga tiempo y quiera... que???... jejeje... yo no soy plato de quinta... fue jarto porque despues de entrar con hambre a ese encuentro me di cuenta que aun me falta camino por recorrer y que de veras, el hambre no hay que demostrarla y mas sabiendo que la comida puede ser contraproducete para tu salud emocional... me dolio, sip, porque me deje llevar por MI HAMBRE...