octubre 04, 2012

¿SE OLVIDA DE SÍ MISMO BUSCANDO SER AMADO?


Olvidarse de la propia suerte y del bienestar, escudados en el enamoramiento, resulta ser el pan de cada día de muchos que abandonan su vida para subirse en la de otro, en un tren ajeno, mientras se deja el propio andando en piloto automático sin ninguna atención, pues en ocasiones, creemos que entregarlo todo es una garantía de que seremos amados.

Algunos dejan de hacer lo que les apasiona, otros abandonan a sus familias o hacen a un lado a sus amigos, e incluso, es habitual ver a quien llega a cambiar de estilo y de personalidad con tal de encajar en la vida de alguien, pues cree que lo mantendrá a su lado si “se lanza en plancha”, casi de manera servil, en una relación de pareja que pone al otro en un lugar de privilegio, mientras olvida sus propias necesidades. 

Y no es que sea incrédulo frente al hecho de cuidar al otro, o a ceder en el marco de una relación de pareja, al contrario, creo que en medio de esa experiencia se viven cambios, e incluso, se sale de zonas de confort que se creían invariables porque en el amor se crece, y se muta. En lo que ya no creo es en ser complaciente a costa del propio bienestar, y de la propia libertad. 

¿Complaciente yo?

Y es que en el rol de “complaciente” se empiezan a construir estrategias para satisfacer al otro e identificar lo que necesita: desde lo que le gusta comer, hasta sus necesidades afectivas, todo con el fin de crear una lista de requerimientos que posteriormente serán atendidos con absoluta maestría, con la esperanza de hacerse indispensable, de ser querido a partir de la estrategia de ser necesitado. Y más que una relación de pareja, se da origen a una transacción de favores que tiene como premisa: “yo te doy todo lo que creo que necesitas, y como pago tú me quieres”.

Mientras tanto, el otro –quien recibe tantas atenciones- puede considerar que ha encontrado “el amor de su vida” y engancharse en esa dinámica, en medio de la imposibilidad de ver que quien lo complace a toda costa se está esforzando demasiado, y se está alejando cada vez más de la idea sana del amor, ese que surge de manera “silvestre” y tranquila.

En otros casos, quien recibe esta cantidad exagerada de mimos puede sentirse asfixiado por tanta atención y salir despedido. O tomar otro camino, identificar la exageración y el exceso del que complace sin medida, y quedarse allí pegado, pero con un precio muy alto para quien se esfuerza por complacer: el hecho de empezar a ser visto exclusivamente como alguien que da respuesta a los más mínimos caprichos, y no como un “compañero de viaje” o una pareja.

No al juicio, sí a la conciencia

Claramente la idea no es señalar a quien lo hace, o a quienes lo hemos hecho alguna vez, pues hay razones que explican esa manera de relacionarse en pareja, y entre ellas claramente está el carácter que  se formó temprano en la infancia y que respondió a dinámicas familiares que nos llevaron a buscar la aceptación y el amor de esa forma: olvidándonos de nosotros mismos, para complacer a los demás a cualquier costo. 

Lo que sí resulta importante es evidenciar que creímos que esa estrategia sería útil para siempre, y evidenciar esa realidad: que seguimos usando la misma “fórmula” para procurar ser vistos y amados, y que la empleamos cada vez que nos topamos con alguien que nos atrae, con consecuencias que muchos conocemos.

El precio es demasiado alto, pues quien complace a su pareja a costa de la propia tranquilidad asume un rol que exige mucha energía y desgaste, producto de estar pensando a cada segundo que necesita el otro para satisfacerlo y a través de ello creer que llegará a ser amado; olvidando que sólo el amor que crece lejos del desgaste propio de una transacción de favores, el amor fundamentado en la naturalidad del compartir, es ese el que tiene mayor posibilidad de fluir porque no es una estrategia, es un encuentro, es una posibilidad de crecimiento más gozosa.

Se trata entonces de revisar cuál es la verdadera motivación cuando entregamos en el marco de una relación de pareja: ¿es una entrega auténtica o es mera estrategia? 

Así que si su tendencia es repetir sin parar: “sí, mi amor”, “lo que digas, mi amor”, “como digas, mi amor”, “por donde digas, mi amor”, aunque realmente no quiera, es posible que estar más presente le permite observarse y ser testigo de sus propios “ires y venires” en las relaciones de pareja; esto puede suponer el surgimiento de la conciencia frente a esos comportamientos tan cotidianos que podrían constituir actos de auto anulación. Y, a su vez, esa conciencia derivará en la capacidad de decidir si quiere intentar otras maneras de ser y de estar en pareja, amando a otro, sin olvidarse de su propio bienestar.

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