octubre 22, 2013

¿ SE QUIERE CASAR DESPUÉS DE LA PRIMERA CITA ?



Conocer a alguien en plan romántico o de conquista supone muchas cosas: la primera impresión, la aparición o la ausencia de gusto luego de verse cara a cara, lo que sucede allí dentro de las cuatro paredes donde se da el encuentro, y por supuesto, “la última impresión”: ese deseo de decirse adiós, o de quedar con las ganas de que el fulano o la fulana aparezcan de nuevo.

Cuando esto sucede, algunos se lo toman muy relajado, no hay afán, no hay prisa por procurar otro encuentro pronto para experimentar de nuevo el gozo que supone el acercamiento a alguien que atrae y seduce. Ellos lo dejan pasar sin proyección alguna hacia el futuro y permiten que quienes se han cruzado sigan adelante con sus vidas, ¡obviamente!, sin intentar agendar rápidamente una nueva cita, casi que olvidando con maestría la sensación experimentada. En pocas palabras “hacen delete”, y siguen el camino.

En otros casos, se quieren visitas posteriores a corto plazo para seguir disfrutando de las mieles de un encuentro donde hubo “clic”. Se llama al mejor amigo para compartir lo que fue esa experiencia con detalles, se suspira a solas, y hasta se huele la almohada que fue testigo de la batalla corporal minutos antes –bueno, si la hubo-. Así es, ¡pasa, eso no es exclusivo de las escenas de las películas!, sucede fuera de las pantallas. Porque ellos se enamoran de inmediato, se enganchan con el otro sin si quiera preguntarle, y establecen relaciones imaginarias con esa imagen que quedó en el aire luego de tanto gusto experimentado. Y no hacen “delete”, más bien retroceden la cinta y revisan una y otra vez la experiencia para posarse en los momentos de clímax del recuerdo que les queda, para vivirlo una y otra vez, con gran capacidad para transportarse a la emoción experimentada, aún después del paso de los minutos o las horas. 

Al otro día, hacen lo posible por cuadrarlo todo para verlo o verla de nuevo, como creyendo que si la sensación se mantiene viva a punta de encuentros sucesivos, será más fácil hacer realidad la consolidación de las ideas que ya se han cocido en su cabeza a “fuego alto”: ser novios, casarse, pasar la vida juntos, entre otras proyecciones de gran alcance. Y a propósito de fuego, creen que batiendo la llama, soplándola una y otra vez, crecerá con mayor rapidez hasta prender la hoguera naciente de su historia de amor, tan rápidamente creada, con la intención puesta en mantener prendida esa chispa que apenas se asoma, haciendo tanto esfuerzo como cuando alguien procura encender una fogata batiendo una tapa de olla o una hoja de papel periódico, para retar las apuestas que dicen una y otra vez: “esa madera está verde, eso no va a prender”

Y si en la tarea de producir nuevos acercamientos no hay éxito, se molestan con el ritmo que les pone la vida, porque sí, la vida pone un ritmo en todo lo que nos ofrece, incluidos los encuentros, y a veces se cae en el afán de intentar modificarlos, por bailarlos al ritmo que queremos, o por hacerlo de la manera ya conocida, la de siempre. Para algunos llena de obsesión y compulsión, y para otros, cargada de abandono y ausencia frente a la conexión o las oportunidades de contacto, por el temor a comprometerse e ir más allá de lo furtivo, cuando en algunos casos, detrás de esa actitud hay un deseo profundo por adentrarse en la experiencia de verse en el otro, y con el otro, pero de la que se huye porque, sin duda, es en el encuentro en pareja donde suele aparecer todo el carácter, ya sea para arrasar con la magia, o para observarse, cuestionarse, y retarse al cambio, y eso requiere decisión y coraje.

Ninguna de las dos polaridades parece apuntar al bienestar, eso creo aquí y ahora. En el primer caso, cuando hay desconexión total, cuando se opta por “hacer delete” inmediato posterior a experimentar las emociones en un encuentro en donde hubo conexión, es probable que el autosabotaje se esté aliando con el temor a ponerse y a estar para el otro, con el otro, y para sí mismo en el proceso de construcción de pareja. 
Y en el segundo caso, cuando se hacen esfuerzos por acelerar la creación de vínculos, puede que se esté huyendo de la necesidad de estar a solas para observar temas personales pendientes, o quizás, que esté saliendo a la superficie una herida de abandono que se produjo en la infancia, que marcó el carácter, y a la que se intenta responder buscando quien supla ese vacío afectivo; una tarea que no se le puede poner a la pareja, porque se le estaría cobrando una "deuda" que no es suya, entregándole una responsabilidad sin consultárselo, y con altas probabilidades de fracaso. A ese vacío, a eso que no se recibió y que podría mover hacia el relacionamiento compulsivo, puede más bien responder el adulto que ya es cada uno, en el marco de procesos terapéuticos y de consciencia que nos permitan acogernos a nosotros mismos, habitarnos, y entregarnos lo que es preciso.

Así que la invitación es a observar el ritmo de la vida y "darnos cuenta" en qué lugar estamos: en el de la retirada frente a lo que la vida nos ofrece, o en el del afán por hacerlo a nuestra manera, exigiendo que todo suceda cuando y como queremos. Es muy probable que escondiéndonos de la vida no lleguemos a recibir lo que tiene para regalarnos; y también es cierto que rapando y arrebatando bruscamente de ella sus frutos, el milagro termina por escaparse de las manos. 

Presencia y consciencia, estar aquí y ahora, haciéndonos responsables, dispuestos y con el corazón abierto, es otra opción. Cada uno elige, y para hacerlo es importante empezar preguntándonos: "¿qué pasa conmigo cuando estoy frente a la posibilidad de construir una relación de pareja?"

Hasta la próxima.

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