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diciembre 16, 2011

¿ ESTÁ DISPUESTO A TODO CON TAL DE NO SER UN “VIEJO MARICA” ?

De la vejez huimos como alma en pena, como volador sin palo, o como adolescente gay sin documentos en redada policial en amanecedero clandestino bogotano. Todo porque tememos profundamente la llegada de las arrugas, la inevitable aparición de la barriga, y lo que muchos llaman “la salida obligada del mercado”…

Pasamos horas pegados al televisor absorbiendo los modelos de belleza que nos ordenan disminuir, cortar, estirar, alargar, marcar, extraer, poner… En fin, modificar sin reparo lo que la naturaleza nos dio por regalo.

En esa absorción inevitable de información basura, nos tragamos los cuentos de las reinas de las televentas; de los actores venidos a menos que se dedican a ser imagen de productos milagrosos –actores que pretenden hacernos creer que su belleza la lograron gracias a unas goticas o unos tenis que todo lo pueden-; y si que nos pasamos enterito el rollazo que nos echan los profesionales inescrupulosos que viven de una fama ganada gracias a que hace décadas operaron a una Miss Colombia, y que hoy por hoy ven en los homosexuales un nicho de mercado perfecto para reinventarse como galenos y esculpidores de “perfección”, pues prometen convertirnos en la envidia del resto del mundo, gracias a sus intervenciones quirúrgicas.

E inevitablemente, como dulces borregos acudimos al cirujano plástico, al zar de los abdominales, a un hipertrofiado y despiadado entrenador personal, a un caluroso centro de bronceo que asegura que sus máquinas no son basura exportada de Europa –donde son catalogadas como peligrosas para el ser humano y por ello se traen al Tercer Mundo -, o a un médico estético que jura sobre la Biblia no aplicar procedimientos invasivos, pero tiene un culo descomunal. Todo con el fin de dejar de ser lo que somos, para ser otra cosa.

Pasa en las películas, pasa en la vida real, pasa en el mundo straight, pero sí que pasa en el mundo gay, donde los estereotipos de belleza nos consumen el cerebro, y se tragan la razón y el sentido común, para terminar muchos en quirófanos con más de una raja, en un gimnasio sometidos a una inclemente rutina de castigo, o en casa privados de todo, para lograr ser vistos y calificados benévolamente por los demás maricones caníbales que pululan este mundillo hostil que nos agrede, pero que a su vez nos encanta.

Y reformados quirúrgicamente. Inflados por proteínas súper poderosas que aumentan los músculos y acaban con el hígado. O simplemente ahogados sumiendo barriga, con los bíceps apretarlos por las mangas de la camiseta que han sido achicadas con ganchitos de nodriza, nos paramos en las esquinas de los bares a criticar a aquel que no ha tomado el elixir de la juventud que venden en la tele; a quien no tiene con qué subirse a la mesa del cirujano más ponderado y menos ético; o simplemente a quien no le alcanza para pagar el gym, y aún luce un cuerpo natural, de esos que no tiene forma de reloj de arena, sino de humano.

Sí, nos comemos vivos unos a otros: nos comemos a los más jovencitos que aún no consumen de esa purina empacada en tarros con nombres en inglés, que nos llenan de energía para levantar pesos exorbitantes que nos joden los huesos, y a esos lo llamamos “pájaras”. Nos comemos a punta de lengua y veneno a los adultos contemporáneos, quienes rodean los treinta y ya deberían tener suficiente billete para “intervenirse el cuerpo”. Y nos comemos de manera más sádica a los hombres mayores, a esos pocos que se atreven aún a visitar los bares y los lugares de homo socialización, pues consideramos que ya deberían estar fuera de circulación, en este mercado agreste, que cataloga como obsoletos y ridículos a las arrugas, a las pecas, a las barrigas y a todo lo que no salga en la portada de la revista Men´s Health.

Y es paradójico, pues esa carrera enferma para alejarse de la vejez y acercarse a la eterna juventud se hace por caminos agresivos que terminan por cansar y acabar con un cuerpo que tarde que temprano sacará la mano. Un cuerpo jarto de cánulas, inyecciones de productos anti natura, maltratos corporales, rutinas inhumanas, metabolismos enloquecidos, pieles rotas, y un sinnúmero de consecuencias aún no conocidas, que se venden como lo último en avances científicos, y que un par de años después, terminan con la vida de muchos… Como sucedió con lo sonados biopolímeros, esa maravilla que apareció para llenar de felicidad el cuerpo de muchos hace uno años, y que hoy están prohibidos por la FDA y las autoridades sanitarias de Europa.

Ese mismo producto que hoy mezclan con otros que aseguras ser inofensivos, pero que en un par de años, probablemente serán igualmente prohibidos.

¿Por qué no dejar de huirle al tiempo? ¿Por qué no vivir el presente sin ese pavor frente al inexorable paso del calendario? ¿Por qué no amar la carne maravillosa que nos tocó, y que podemos habitar de una forma más amorosa? ¿Por qué no ir al gimnasio con más conciencia? ¿Por qué no permitir que aflore esa barriguita insipiente, que también tenía el David de Miguel Ángel, para así dar espacio a una respiración más natural? ¿Por qué no encontrar dentro de sí mismo el origen que le lleva a comer ansiosamente, antes de ir corriendo a girarle un cheque a un cirujano plástico? ¿Por qué no escuchar más al cuerpo y menos a las voces de afuera? ¿Por qué no habitarnos más a nosotros mismos para Ser, y dejar de hacer tantos esfuerzos para pertenecer al grupo de “los bellos”?

Hoy, escuche sus carnes, muévalas, y sea consciente de la delicia de sentir todo lo que puede hacer con su cuerpo, que es único. No pelee con el tiempo, más bien échele una mirada a las arrugas de su cara, y pregúntese si están allí gracias a los cientos de veces que ha sonreído, eso le permitirá entender que no son sus enemigas.

Y claro… Ejercítese de manera inteligente, cuide su espalda. Póngase bloqueador, humectante, y use gafas de sol. Medite. Coma sanamente, y regálese un helado, un postre, o una cucharada de arequipe de vez en cuando. Tome agua, duerma bien, haga el amor o tenga sexo seguro… Cuídese, no se castigue más.

marzo 06, 2011

¿ USTED ES DE LOS QUE ENTRA A LAS RELACIONES CON HAMBRE ?

Buscar la felicidad en otro, es el camino directo a la adicción a una persona. Un apego desmedido que se traduce en esa necesidad imperiosa de tenerla cerca, esos celos enfermos, y esa creencia que apunta a considerar que si él no está el mundo se desvanece.

Hemos confundido el amor de pareja, con la urgencia de llenar huecos que ya traemos en el corazón, desde mucho antes de sentir deseo sexual o atracción física por otro. Y si bien es cierto que todos tenemos vacíos afectivos, también es cierto que no es prudente rellenarlos con un novio o marido, que con el paso del tiempo, no será capaz de responder a tal fin, pues el encarguito de hacer feliz a otro, resulta una tarea titánica e imposible de cumplir.

Sin embargo, andamos de un lado para otro, buscando a alguien que nos haga felices, que nos ame incondicionalmente. Y con la ansiedad que esto supone, vamos de la discoteca al gimnasio, del gimnasio a la calle, y de la calle al trabajo, con los ojos hambrientos, en busca de ese alguien que por fin nos amará como esperamos, todo con el fin de alcanzar la felicidad completa.

Y son tantas las ganas de alcanzar tal fin, que sólo con en el primer bocado, ya somos adictos a “un sabor superficial” que se identifica en un par de horas, o para ser más exactos, que se descubre luego de un beso o de una encamada que desborda pasión, y que se confunde con la empatía real, pues en ese estado alterado de conciencia llamado enamoramiento, es poco probable que la cabeza y el corazón miren y sientan con sus cinco sentidos; simplemente tragan grandes bocados del otro, como cuando un niño se ataruga con un pedazo de bizcocho, en medio de la gula.

Y es así, entramos a las relaciones con hambres voraces, y nos atrancamos consumiendo al otro, porque tantas ganas guardadas, y tantos deseos de recibir amor, nos impiden saborearlo despacito en medio de la sobriedad. Más bien optamos por emborracharnos en medio de una buena manoseada en el sofá de un bar con pocos clientes, o un polvito rápido en el baño de un bar clandestino abierto luego de las tres de la mañana, en donde en medio de maromas y afanes, creemos haber encontrado el hombre de la vida.

Luego de estos eventos fugaces, que suelen estar acompañados por sueños que construimos en la cabeza, o planes a largo plazo con el recién conocido, las historias de amor se deshacen como sucede con el papel ecológico cuando se pone en contacto con el agua… ¡Rapidito!

El tipo no vuelve a llamar, no contesta los mensajes de texto, y el nivel de excitación de quien se metió en la película, va bajando a medida que aumenta la frecuencia de preguntas como: “pero si la pasamos delicioso en el baño de aquel lugar, ¿cómo es que no me llama?”

Es muy probable que el fulano desaparecido no tuviera tanto afán, y que a pesar de ser protagonista de una acelerada desabrochada de camisa y pantalón, no andaba en la búsqueda imperiosa del amor, y mucho menos consideraba que ese hollywoodense encuentro fuera el primer paso hacia la completud de su felicidad.

En otras ocasiones, las relaciones parecen avanzar, pero el delicioso sabor percibido en los primeros mordiscos al fulano varían, y con el paso de los días el bizcocho que la primera vez nos encantó, ya no nos parece tan rico; o incluso, empezamos a saturarnos con él, pues al morderlo más despacito, descubrimos un relleno que no soportamos, y optamos por salir corriendo del lugar con la boca y las manos untadas de una crema que ya no queremos.

Devoramos tan rápido al otro, que lo pasamos entero, sólo seducidos por la forma y el primer bocado.

Pero cuando entramos a las relaciones de manera más sosegada, cuando el hambre no es el motor del acercamiento al otro, sino que vamos más completos, con una sensación de felicidad propia que no depende del primer levante, es más probable que no nos hagamos adictos, sino que más bien, compartamos los sabores de la vida en dúo. Así se come más rico: despacito y masticando.

Otra persona puede ser cómplice de la felicidad ya probada, pero no es justo poner en manos de él o ella, eso que a solas no hemos podido encontrar: la alegría de estar vivos. Así que antes de salir a una cita, vale la pena alimentarse bien, o por lo menos, estar en proceso de ello. No sólo comer algo grasoso para no emborracharse tan rápido con un par de tragos, sino poner en el corazón, la cabeza y el espíritu algo de equipaje propio.

Sólo así evitaremos caer en el engaño más doloroso: creer que el otro está para saciar mi hambre de parranda, afecto, pensamientos y, lo peor, asumir que ha llegado para darle sentido a mi vida.

febrero 24, 2011

¿ AÚN LE TIENE APARTAMENTO AMOBLADO A SU EX ?

Una primera cita supone una prueba de fuego. Pero no sólo desde lo obvio, por todo aquello de constituir un primer acercamiento real con un personaje que se conocía por una foto o por referencia de otro amigo, o porque sea la oportunidad de comprobar si la voz que se escuchó en un par de llamadas previas, se para como creíamos, se sienta como creíamos, y huele como creíamos.
Además de eso, representa una prueba de fuego para saber que tan superados están nuestros duelos posteriores, o en otras palabras, para poner en evidencia que tan muerto está nuestro pasado, o si más bien se ha convertido en un fantasma que ronda por ahí, y que nos impide sacudirnos el polvo de años atrás, para atravesarse en la mitad de un camino nuevo.
¿Están realmente cerradas nuestras relaciones pasadas, o acaso nuestros ex tienen un peso más que considerable en el presente?
Haga lo que haga, un fulano que se lanza a tener una cita con usted no “será suficientemente bueno” si a cada paso que da se le compara con ese “ex insignia” que todos llevamos en la cabeza, ese modelo que usamos para medirle el aceite a quien conocemos en medio de una nueva oportunidad.
Es decir, el nuevo fulano cruza la puerta del café donde usted lo ha citado para cruzar las primeras palabras, y de manera salvaje se le empieza a comparar con ese “ex” memorable, que aunque ya no hace parte de nuestra vida en términos físicos, parece haberse quedado enquistado en la memoria -ni siquiera por elección de él, sino por capricho nuestro-. Hecho que lo convierte en una medida muy alta para este nuevo personaje que sólo llega con intenciones de mostrar lo que trae, y con quien aún no se tiene ligue afectivo alguno. En pocas palabras, está en desventaja.
El pobre llega con su mejor pinta y un rollo para echar en esta nueva faena, que no es de dos, sino de tres. En un lado de la mesa se sienta él con lo suyo, en el otro lado se sienta usted, y este juego de dos, se ve atravesado por un tercero que él nuevo prospecto no contemplaba cuando se daba un buen baño para asistir a esta cita.
Se trata de su ex, ese a quien usted le ha montado un apartamento amoblado en su mente, lo que le permite seguir viviendo en su cabeza, aunque la relación haya sido finiquitada años atrás. Ese príncipe azul que pasó por su vida, pero con quien las cosas no terminaron bien, pero que a pesar de ello sigue sirviéndole de molde para medir qué tan bueno puede resultar cualquier hombre que tenga cara de prospecto de novio, y que las pierde todas cuando empieza a comparársele con quien aún habita en su recuerdo.
La cita transcurre y usted no ha hecho otra cosa que convertir a este personaje que está sentado frente a usted, es una excusa para recordar a su ex.
Con tan altos estándares y exigencias, y frente a tanta comparación, el nuevo hombre pierde la batalla. Se despiden de mano y así se cierra la que parecía ser una nueva posibilidad, una nueva corrida. Él se va para su casa, y usted para la suya, obviamente con su pequeño fantasma en la cabeza, un ex a quien no se le termina de despedir.
Si bien el pasado resulta relevante en algunas ocasiones, también es absolutamente incómodo en otras, pues puede constituir en una nube de humo que impide ver y sentir el presente, y que además, nos impide ver el Ser de alguien nuevo que se nos cruza en el camino.
Cuando el peso del pasado juega ese papel, el de duro juez, se ha convertido en enemigo, en creador y auspiciador de altas e inalcanzables expectativas, pues los seres repetidos no existen. Un clon del ex más memorable que cualquiera de nosotros tenga en la cabeza, no está en el inventario de lo que las sorpresas de la vida traen para cada uno. Si existiera, la vida perdería su encanto, pues dejaría de sorprendernos.
Vivir el ahora es lo que nos permite ver con ojos nuevos cada episodio, cada persona. Abrazarnos al pasado, a una historia de amor ya vencida, nos lleva a vivir la vida con un condicionamiento que sólo genera sufrimiento. Así que vale la pena desmontar esos apartamentos que hemos construido en nuestra cabeza, y en donde hemos llevado a vivir a nuestros ex más memorables, con el fin de dejarlos libres, y de liberarnos de paso, como motivo primordial. Todo, para que cuando alguien se acerque a nuestra vida, el pasado no nos nuble la mirada.

enero 27, 2011

¿ TIENE UN NIDO DONDE ATERRIZAR ?

Cuando pasé la barrera de los treinta, las reuniones familiares empezaron a generar en mí una pregunta que puede parecer algo filosófica y trascendental, pero que estoy seguro se trata de un cuestionamiento que algunos de mis contemporáneos se han hecho, y que quienes están por debajo de esta edad no se han imaginado, pero seguramente tendrán que enfrentarlo en algún momento.

La pregunta es… ¿A dónde pertenezco?

No se asuste, no se trata de una pregunta rebuscada, es simplemente lo que aparece cuando en medio de una reunión familiar, usted, ya un treintañero, observa el panorama y se pregunta ¿yo de que grupo hago parte?

Y todo surge producto de la “dispersión” que experimenta la familia de origen con el paso de los años. Y ¿a qué me refiero con “dispersión”? Pues básicamente a que cada uno de los miembros del grupo familiar –padres, hermanos y usted- empiezan a formar “rancho aparte”. Bueno… unos más pronto que otros.

Mis viejos empezaron a hacer planes solos, porque el hecho de que sus hijos hayamos volado del nido, los obligó a replantear su vida y a reencontrarse como pareja. Así que a sus 50 años, empezaron a caminar de la mano por los centros comerciales, ir al cine, hacer “diligencias de banco”, y hoy por hoy, llegando casi al sexto piso, tienen un ritmo de vida “atareadísimo” los dos solitos, tanto que hasta viajan como tortolitos a deleitarse con el sonido del mar.

Mi hermano se casó hace un par de años, así que hizo su casa y su vida se debate entre un trabajo de gran responsabilidad y compartir con su esposa un almuerzo, compras, viajes, discusiones, mientras se dedican a construir su naciente hogar a cuatro manos.

Y yo, con 30 años a bordo, solía lamentarme frente al hecho de ya no sentirme tan “hijo” porque creía que ya estaba muy viejo para eso, y además, porque no me sentía tan a gusto en los planes de mis padres –que viven fuera de Bogotá-. Y tampoco me sentía conectado con mi hermano, porque creía que obstruía la intimidad que construía con su esposa en su naciente historia de amor. Así que la familia a la que solía pertenecer, parecía dividirse, desde mi percepción, y yo quedaba como un planeta independiente sin conexión alguna, pues no contaba ni siquiera con algo que se pareciera a un satélite, es decir, por lo menos un amante que me permitiera sentir que hacía manada con él.

En pocas palabras, me sentía solo. Y si a eso se le suman varios intentos fallidos por hacer pareja que precedían ese momento de mi vida, pues básicamente creía que no pertenecía a ningún lado.
¿Era acaso ésta una “rabieta” propia de la que se conoce como la “crisis de los treinta”?

Quizás. O para darle la importancia que se merece, era una pregunta existencial que tiene fundamento en un hecho claro, y es que el tema de “hacer familia” o de “construir nido propio” permanece en el disco duro de muchos de quienes pertenecen a mi generación, pues algunos alcanzamos a ser testigos de hogares formales y estables, y porque a pesar de los millones de separaciones de pareja que se dan a diario, manteníamos vivo el ideal de hacer “grupito” con otro.

Las motivaciones varían según el caso: algunos porque creen que así es más fácil pagar las facturas, otros porque les encanta estar acompañados, no falta quien necesita un empujón de alguien más “verraquito” para adelantar sus proyectos, y otros simplemente porque piensan que los seres humanos vinimos a esta tierra para estar acompañados.

Todas las opciones expuestas son válidas y discutibles, incluso, la idea de otros que hoy por hoy piensan que la felicidad no necesariamente “es de a dos”, y que creen desde las entrañas y de purita verdad, que estar solo es un delicia.

Pero volviendo a mi historia, la pregunta “¿a dónde pertenezco?” me dio vueltas en la cabeza por un periodo y me permitió entender que, sin duda, la felicidad no necesariamente se logra “estando en combo”. Además, fue la oportunidad para frenar en seco esa manera tan compulsiva como solía relacionarme durante los veinte. Era un momento para parar, estar a solas, y entender cinco cosas fundamentales:

A pesar de que mis viejos y mi hermano hayan empezado a hacer rancho aparte según sus necesidades, ellos siempre serán mi nido, mi familia, mi útero, un espacio a donde podré acercarme para nutrirme de amor sin importar que tan grande sea, pues “volver a casa” siempre constituye una posibilidad para recargar el corazón, el espíritu, y el cuerpo.

Pero aún sabiendo que siempre perteneceré a mi tribu de origen, lo más importante es SER, reconocer que me pertenezco a mí, que me contengo, y que no es buena idea perderme de vista, enceguecido por el afán de hacer grupo con otro.

Tampoco olvidar que con el paso de los años también nacen otras familias, como son los amigos o algunos ex memorables, a quienes es necesario atender y cuidar. Y que si bien no reemplazan a la familia de origen, si me pueden contener si lo necesito –sólo basta con pedirlo-. Y a quienes puedo recoger, si ellos lo necesitan.

Aún así, y sin lugar a dudas, la posibilidad de hacer pareja siempre estará abierta, pues construir un nuevo nido a cuatro manos, es una aventura maravillosa a la que estoy dispuesto a apostar y aportar.

Y para cerrar este artículo de la manera más sincera y humana, cabe decir que a pesar de estas conclusiones, la posibilidad de equivocarme siempre estará abierta -menos que antes, o con mayor consciencia de los pasos que se dan-, pues de esto también está hecha la vida.

enero 07, 2011

FETICHES ALBOROTADOS

Dicen que las vacaciones son un disparador del deseo, pues las condiciones parecen estar dadas para que los encuentros furtivos se reproduzcan como conejos, y para que “los conejos” que los protagonizan puedan huir de la escena sin dejar huella, pues un amor de verano suele quedar en eso, en un intercambio de besos, caricias y fluidos que sólo permanecen en el recuerdo, porque uno de ellos es oriundo de Bogotá, y el otro de Cali. O uno resulta ser de Medellín, y el otro implicado ha volado miles de kilómetros desde el otro lado del charco para conocer estas tierras nuestras tan apetecidas.

Pues durante mis más recientes vacaciones yo no fui la excepción, no porque me haya intentado reproducir como conejo, pues debo confesar que “sobreviví” en San Andrés a punta de “caldo ojo” y autoerotismo. Sino porque el deseo se disparó a los más altos niveles, pues tantos uniformes, axilas y pies a la vista, me llevaron a tener una regresión a mi más tierna adolescencia, cuando ponía en práctica los designios de los libros de autoayuda: amarme a mí mismo, sin descanso.

Como anoté, el destino elegido fue San Andrés, y desde el momento en que se cruza la puerta del aeropuerto, la libido se desborda como mar “picado”.

Y en medio de esta marea alta hay personajes de la historia que se recuerdan más que otros, ya sea por sus características físicas notables, su acento, su olor, o simplemente porque fue el primero o el último en llamar la atención de las hormonas, que en tiempo de descanso laboral es cuando más activas están.

Y mi primer hombrecillo de la lista de notables, no es un francés, ni mucho menos un italiano, se trata de un militar de nuestras gloriosas fuerzas armadas. Uno de esos personaje cubiertos por un camuflado de última moda – ese que parece pixelado - , con botas negras, una cadenita con placa de reconocimiento en caso de un siniestro, y pelo corto -muy corto- que permite ver su cuero cabelludo. Estaba bien bueno el militarcito. De corta estatura, piel blanca, ojitos cafés, nariz recta, y un pastel de pollo en la mano, que degustaba con una gana impresionante. Una Coca –Cola en su otra mano y una rutina que saltaba del mordisco al sorbo, del mordisco al sorbo, y que aunque no era tan sexy como haberlo visto haciendo flexiones de pecho con el torso desnudo, si dejaba ver el hambre con la que se come lo que se pone en su boca.

¡Válgame Dios, qué delicia de espectáculo! Un performance maravilloso que yo observaba desde la mesa de al lado en un café del aeropuerto El Dorado.

En ese instante me movía entre esta realidad excitante y un sueño que me permitía imaginarme viviendo en brazos de este machito militar, y hasta planchando su camuflado mientras él dormía bocarriba y plácidamente en nuestra cama, con las manitas debajo de la nuca dejando al descubierto sus axilas no intervenidas por la cuchilla y mucho menos por una indeseable depilación definitiva láser –que no me explico por qué se pone de moda entre los hombres - , sino llenas de pelitos delgados, silvestres y naturales, en los que podría quedarme a vivir el resto de mis días.

El soldado, militar de carrera, cabo, capitán de corbeta, o lo que fuera este militar colombiano, se ganó la medalla al primer disparador de toda mi sangre entre mis piernas, y a prender una mecha que se mantendría encendida en el resto del viaje.
Se terminó su pastelito de pollo, y se fue a cumplir con su deber. Yo cogí mi equipaje de mano, y abordé el avión que me llevaría al paraíso de los hombres en sandalias: la playa.

El avión despegó, aterrizó, se pasaron los controles, llené un formato en el que aseguraba que saldría de San Andrés y no pretendía quedarme a vivir allí… Todo esto sin novedad de lugareños atractivos. Check in en el hotel y el destino era ir a reconocer el terreno, pues mis recuerdos de la isla eran vagos.

En esta y en las posteriores caminatas, mi mirada solía hacer un recorrido de manera descendente, es decir, observaba la cara del hombre, y rápidamente bajaba a sus pies, esa parte del cuerpo masculino que he confesado en repetidas ocasiones, como una de mis favoritas. Muy a pesar de la teoría de que el “todo” es lo más importante, no hay duda que un rayón en mi cabeza, me lleva a fijarme en esta deliciosa porción de los hombres, y para dar rienda suelta a este fetiche, gusto particular, o fijación, una isla se convierte en el mejor aliado.

Los hay grandes, chicos, de dedos pequeños, blancos, bronceados, lampiños, velludos, en fin, las posibilidades son infinitas, y de estos me pueden gustar todos, siempre y cuando estén “bien cuidaditos” como dicen las mamás.

Y así, observando pies, me pasé gran parte del tiempo. En algunos casos se da lo que en los concursos de belleza se denomina “conjunto armonioso”: buena cara, cuerpito en orden –no de estereotipo necesariamente-, y pies bellos. En otros casos, las cosas cambian, y una fachada superior no muy agraciada, puede ganar puntos a manos de unos pies divinos y comestibles al 100%. En otros casos, una fachada superior espléndida y deliciosa – entiéndase cara y cuerpo-, puede verse arruinada completamente por unos pies en desorden: uñas mal cortadas que asemejan garras de águila, resecos, demasiado delgados, o de asimetría absoluta entre sus dedos, ítems que afectan el nivel del deseo.

Así que en el grupo de los recuerdos notables de los hombres que alteraron mi tranquilidad en las vacaciones, entran en manada todos aquellos que con sus pies bellos, me llevaron a mantener la mirada baja por más tiempo de lo normal.

Siguiendo con la lista, el top one lo ocupa un costeñito con ascendencia nórdica –lo digo por sus rasgos físicos mezclados majestuosamente con ese cantadito de quienes nacen junto al mar-. Ese “pecadito” hizo su entrada a mi vida cruzando los linderos de una tienda en donde yo disfrutaba de una bebida hidratante en medio del calor de San Andrés. Él caminaba descalcito por ahí, con vestigios de arena entre sus dedos húmedos, el pechito al aire, y una pantaloneta de surfista, no por moda, sino porque practicaba kitesurf, una de esas disciplinas deportivas que sólo practican “cositas bellas, atléticas y deseables”.

Él entró con su desparpajo costeño, abrió la nevera de la tienda, y “mamó gallo” con la dueña del local mientras destapaba un Gatorade. Pagó, y luego llevó a cabo una maniobra que en los días de mi estadía en San Andrés, me serviría de inspiración en los momentos de soledad e inquietud sexual… a solas: llevó la botella a su boca y tomó un largo sorbo de esa bebida, y mientras recargaba de energía su cuerpo, recargaba sin saber mis niveles de excitación, mientras podía observar su brazo fuerte, sus vellos axilares castaños mojados con agua de mar, y todo su cuerpo marcada por el ejercicio que seguramente hacía a diario.

Por un periodo largo, hará parte de mis amigos imaginarios, en “tiempo de crisis”.

Y el hombre que cierra con broche de oro este grupo de bellos especímenes que llamaron mi atención en mis vacaciones sanandresanas, es un hombre alto, de camiseta café, pantaloneta blanca, y unos tenis blancos firmados por Tommy Hilfiger que usaba sin medias.

Estaba parado en el counter de la aerolínea en el aeropuerto, averiguando algo referente a su regreso. De pelo desordenada, con los hombros echados para atrás, piernas velludas y un pasaporte que decía REPÚBLICA ARGENTINA. Otra hermosa creación de la naturaleza, un regalito de Dios a mis ojos, y primordialmente para la novia que tenía al lado, pero que no me impedía imaginarlo susurrándome cositas al oído con ese acento delicioso, y esa carita de niño libre con cuerpo de hombre.

Me quedé mirándolo por el tiempo que tomó la auxiliar de vuelo en registrar mi tiquete, y lo perdí de vista cuando esta amable funcionaria me dijo: “Por favor, asegúrese de estar a las 11:40 en la puerta tres para abordar el vuelo, gracias por preferirnos, y que tenga un feliz viaje”.

Hoy, ya en la multi estacional Bogotá, donde en la mañana brilla el hermoso verano, y en la tarde nos sacude un invierno que invita al amor, miro mi maleta desocupada después de las vacaciones, y sonrío recordando como “mis ganas” subieron a tantos pies como el avión que me llevó a mi destino, y como los fetiches, preferencias, rayones o debilidades, juegan de titular cada vez que la atracción física está en juego.

Uniformes, axilas silvestres, pies y acentos, hacen parte del inventario de eso que me atrae inexplicablemente… Cada uno tiene los suyos y no es mi pretensión desenterrar a Freud para que me explique su origen.

Lo que si tengo claro es que no me interesa borrarlos de mi mapa, pero al volver a la rica vida cotidiana, en donde los hombres no andan en sandalias ni con el torso desnudo, debo reconocer que esos inexplicables debilidades serían sólo un plus del hombre para quien tengo abierto un espacio en mi vida, del hombre que espero sea mi socio, mi compañero, mi amor.

Lo esencial es que esté dispuesto a amar. Las axilas silvestres, los pies bellos, y un acento particular constituirían sólo el bonus track del disco, espero que el disco sea bueno.